Cosas que pasan

Ayer por la tarde me invitaron a la celebración de un cumpleaños. Cuando llegue, uno de los invitados se despedía, parecía tener prisa por algo que para ella parecía, si no urgente, si lo suficiente importante como para abandonar la celebración, como si ya no tuviese algo importante que compartir o comunicar. ¿Es bueno que el hombre corriente se interrogue y piense sobre los sucesos…? . Por supuesto que sí. No es patrimonio de intelectuales, si no de gente audaz que no se conforma con la rutina, es decir que para él todo lo que pasa tiene su importancia. Y de veras que la tiene.

Presentí y pensé como muchas veces pasa, que esa persona no estaba a gusto. Puede ser que alguien, en un momento dado, no este de humor para tertulias – es muy humano – , pero lo que ocurre con frecuencia, es que una persona vive, de un modo cercano y real, algún conflicto con el mundo o con las personas. Se produce una colisión, un choque y se está convencido de que esas cosas no tiene más explicación que la que le damos, ni más posible solución que la que le asignamos. Todo hombre debería saber que con frecuencia está al borde de su particular reduccionismo de pensamiento, esto lejos de inquietar, es motivo de una quietud en la inteligencia, pues no siempre vemos las cosas de una manera amplia y en lo posible siendo objetivos. Prácticamente nada más entrar en contacto con algo o alguien, se produce un hecho, y los hechos tienen su valoración, es decir que cuando tenemos calor nos apartamos pronto del radiador. Lo que es tan fácil en el terreno biológico, no es tan fácil, en el psicológico y menos con las otras personas. En este caso que nos ocupa la persona afectada, de motu proprio, y con el suplemento que le añadía otra persona, se sintió ínfima, es decir que sus cosas no interesaban.
Que gran verdad, cuando el hombre “utilitario y activo” ya ha terminado de “usar” – que es el único modo que encuentra de relacionarse con las cosas y las personas -, y ni siquiera se le ocurre “contemplar”, es decir buscar explicación a las cosas y tratar de solucionarlas simplemente subiendo de nivel, situándose al nivel -según él – de su máxima capacidad resolutiva.

Usar requiere un nivel, contemplar al menos dos, por supuesto a diferentes alturas. Hemos de concluir – aunque sea de modo rápido-, que en el fondo contemplar, fustiga nuestra pereza y nuestra comodidad; es necesario esforzarse. El precio de usar, es confundirlo todo, situarlo todo al mismo nivel. El precio de la contemplación, es tomar en el terreno de las acciones, una solución a medida de cada persona, y el regocijo del encuentro, porque el otro percibe que tú, has pensado en él.

Las cosas, los objetos, no nos pueden, es decir que están ahí, y somos muy libres de entrar o no en dialogo con ellas. Las otras personas no son seres pasivos, no son cosas, sino otros YO. De un modo u otro siempre nos ofrecen posibilidad de intercambio, a veces se produce una suplementación de mundos reales – el de cada uno con el otro y en general cuando no estamos pensando a solas – de un modo pacífico, sereno y hasta agradable. Otras veces dicha interferencia se produce en modo de colisión. Un modo de enfocar un problema, no es apartarlo de la vista, como intentando que nuestra inteligencia, niegue su realidad, pues está ahí y molesta. Otra forma de enfrentarse con un problema, es tratar de comprenderlo – abarcarlo – para ello se requiere un poco de serenidad y ver en lo posible, las relaciones entre nosotros y las cosas o las personas con las que chocamos. Kierkegaard decía, que las puertas de la felicidad se abren hacia adentro, es decir retrocediendo, o lo que es igual desandar el camino andado. Cuando esto sucede, el corazón – no se sabe bien – comienza a alegrarse. La inteligencia se serena y evitamos la carga “brutal” de negativismo, al que llegamos como consecuencia del “reduccionismo de la inteligencia”, sencillamente dejamos de confundir el todo de una realidad con alguna de sus partes.

Vivir es pensar y sentir junto a. Si abrimos los ojos, nos damos cuenta de que no estamos solos. ¿Que explicación, puede tener el encapsulamiento propio, en medio de una realidad que nos llama incesantemente?

Muchas experiencias vitales, no se producen de modo que provoquen en nosotros una actitud abierta, es decir receptiva. Los motivos verdaderos para cerrarse, son los mismos que los que hay para abrirse, es nuestra libertad quien decide.

Por eso, por cariño, respeto y deseo verdadero de felicidad en el otro, hemos de procurar que su decisión libre, se produzca dentro de un entorno lúcido, claro, con el mayor conocimiento que se pueda – sin tratar ni de engañar, ni de manipular, ni almibarar las cosas (la realidades son agradables de por sí, o simplemente serenas) – tratando en lo posible de entender su dolor y sus razones. Pero asegurándole – porque es cierto – que lo mismo que el dolor es un compañero de fatigas, la alegría serena y a veces bulliciosa, también es compañera inseparable. Sencillamente el mundo y el hombre están cargados de sentido. Un sentido que toca a cada uno descubrir.

frase-kierkegaard

 

                     Firmado: Miguel Ángel Muñoz

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